Primoral

Os propongo un recorrido interesante cruzando los montes de Alfajarín de sur a norte, donde  descubriremos un paisaje duro y, tal vez por ello, hermoso. Durante nuestro recorrido conoceremos tanto la flora gipsófila de la subida al Primoral, como la flora halófila que se asienta en las escasas zonas húmedas. El recorrido lo podemos hacer en cualquier época del año; no obstante, el mejor tiempo para realizarlo es durante los meses de mayo o junio, cuando más especies vegetales están en flor y el sol no castiga todavía con toda su crudeza.

Los alrededores de Alfajarín son la zona más árida de los Monegros, con una pluviometría que supera en poco los 300 litros/año y que se produce principalmente en primavera y otoño.  A esta escasez de agua se añade la irregularidad de las precipitaciones, con largos períodos de sequía que se pueden prolongar incluso durante años. 

En invierno, principalmente durante los meses de noviembre a enero, son características las nieblas producidas por la estabilidad atmosférica con ausencia de vientos en superficie y que aportan una cierta humedad al terreno. La larga duración de los fríos inviernos y los veranos calurosos, junto con unas primaveras y otoños de corta duración son los rasgos principales del clima continental de Alfajarín. 

A todos estos caracteres climáticos se les une el viento. El cierzo azota con intensidad este terreno llano sin elevaciones del terreno que lo amaine, barriendo nieblas y nubes. Por efecto del cierzo la mayor parte de los días son despejados con una elevada insolación y una fuerte evaporación de agua. La unión de todos estos factores climáticos marcan la aridez del territorio que vamos a recorrer.

El recorrido lo podemos hacer perfectamente a pie, si elegimos hacerlo en vehículo deberemos hacer algunas paradas donde localizar las especies de flora que se detallan a continuación. En el texto no se incluyen todas las especies presentes en el recorrido, para un mayor detalle se adjunta un listado más extenso de especies por cada parada o zona.  Algunas de estas especies las encontraremos en todo el recorrido y no solo en la zona marcada, otras únicamente las veremos donde el suelo es propicio para ellas. 

No están todas las especies del recorrido, más bien la intención es dejar abierto un cuaderno de campo donde ir añadiendo todas las especies que encontremos en sucesivas salidas, cada año pueden variar las especies dependiendo de la cantidad de lluvia que han recibido en otoño-primavera y de la época en que lo realicemos.

Antes de iniciar la marcha, bien merece la pena subir, a nuestra derecha, hasta un pequeño rellano ocasionado por la extracción del yeso, donde encontraremos un ejemplar de espantalobos (Colutea brevialata) más propio de claros de carrascal o quejigar y lugares más húmedos, posiblemente sus 200 metros de altitud marquen el límite inferior del rango altitudinal de esta especie en Aragón.

 Una pequeña repoblación  de pino carrasco -Pinus halepensis- nos sitúa en el inicio del recorrido, estamos en el Barranco de la Virgen. Acaban los pinos y aparecen las primeras ginestras –Retama sphaerocarpa-, endemismo ibero-magrebí. Como curiosidad tenemos plantados, en los taludes de la autovía a su paso por Alfajarín, varios ejemplares de la retama blanca -Retama monosperma-. Esta especie ha sido introducida en Aragón, ya que de forma silvestre solo la podemos encontrar en zonas  costeras donde resisten bien los ambientes salinos, reteniendo también las dunas móviles.

La primera parada, a escasos trescientos metros desde el inicio, la realizaremos donde tenemos que cruzar una pequeña corriente de agua salada que proviene de la fuente de la Fondolaria. Dos especies nos marcan el curso del agua, el carrizo, -Phragmites australis- y las tamarices -Tamarix canariensis-.

La vegetación que se asienta junto a la corriente de agua nos indica de la salinidad de la misma; dos son los Limonium que podemos ver, L. hibericum y L. latebracteatum de hojas en roseta basal de mayor tamaño que en el primero. Para ver estos dos endemismos de la Península Ibérica en flor deberemos esperar hasta que entre el verano. 

En los remansos de agua salobre aparece un junco, Juncus subulatus, o en sus orillas la Spergularia maritima y el salado o sosa -Suaeda vera-. También se encuentran algunas gramíneas como Sphenopus divaricatus o Puccinellia fasciculatus.

En este mismo lugar, a nuestra izquierda en el sentido de la marcha,  y hacia las laderas de los cabezos aparecen otras especies, que no necesitan suelos salobres pero que sí buscan la humedad del terreno. Numerosas, aquí y en todo el recorrido, las margaritas -Anacyclus clavatus-. Buscando con detenimiento veremos un pequeño y hermoso cardo, que tiene la particularidad de que sus brácteas encierran el capitulo como si estuviera prisionero, el cardo enrejado –Atractyllis cancellata-. También curioso el dibujo estrellado que forma el cáliz  de la Lomelosia stellata en la fructificación o la inflorescencia de la Coris mospelliensis, podemos seguir buscando otras especies pero debemos continuar nuestro camino

En los primeros metros nos sigue acompañando la sosa -Suaeda vera- que crece en la orilla izquierda del camino mientras la humedad le acompaña, a la derecha tenemos unas inflorescencias llamativas en forma de blanco penacho, se trata de una gramínea Polypogon maritimus

Estamos transitando por la zona conocida como la Cuesta del Cura, a nuestra derecha, en el barranco vemos las tamarizas que nos dejarán cuando les falte la humedad del suelo. Por el talud del barranco asoma otra especie arbórea, una higuera -Ficus carica-. Poco más adelante unas matas con una densa floración rosada nos llama la antención, se trata de la sosa -Frankenia thymifolia-; justo detrás de ella crece otro de los rarísimo árboles del camino, un olmo -Ulmus minor-. Aproximadamente a un kilómetro desde nuestra salida el camino y el barranco quedan a la misma altura, un buen lugar para hacer nuestra segunda parada.

Por esta zona veremos plantas más ruderales y nitrófilas, que crecen en ambientes humanizados, como el cardo mariano -Silybum marianum-, la Centaurea aspera u otro cardo, Carduus tenuiflorus, también busca la humedad alguna mata de mielga -Medicago sativa- que se habrá escapado de algún campo de alfalfa de la huerta.

Unas hojas verdes y muy divididas, que si las frotamos huelen a limón, nos indican que se trata del hinojo -Foeniculum vulgare- que florecerá entrado el verano. Umbelífera parecida en tamaño a la Férula communis, en flor durante el mes de mayo. La férula la podemos encontrar junto a las ruinas de lo que fue una fábrica de yeso, justo detrás del polígono industrial El Saco de Alfajarín y en el inicio del Barranco de Rancavites.

Unos metros más adelante, en los taludes del barranco, podemos ver una mata de Thapsia vilosa, otra umbelífera de gran tamaño, de aspecto similar a la férula salvo en que sus hojas no son tan finas y toda la planta está provista de una pilosidad.

Aparecen algunas gramíneas de talla media como la espiguilla de seda –Melica ciliata-, o el mijo mayor -Piptatherum miliaceum-. Una especie de terrenos áridos -Peganum harmala-, o también una euforbiácea, la hierba lechera -Euphorbia serrata-, entre otras muchas especies.

 Debemos continuar nuestro camino hasta que aparece un desvío a nuestra derecha. Nada más tomar este camino podemos hacer nuestra tercera parada, llevamos recorridos casi un kilómetro y medio. En un ensanche del camino junto a unos pinos repoblados, podemos encontraremos una curiosa euforbiácea con una pelusa blanquecina que le cubre por todas partes, la Mercurialis tomentosa, o también el cardo santo -Cnicus benedictus-, de pequeño tamaño y pegado al suelo. Según parece recibe el nombre común por sus muchas curaciones, casi milagrosas,  que se le atribuyen. Antes de reiniciar la marcha podemos contemplar a la olivarda -Dittrichia viscosa- que florecerá a partir de Agosto y en el barranco que aparece a la izquierda vemos una sabina negra -Juniperus phoenicea-, la única en el recorrido con un porte arbóreo.

Estamos atravesando los cabezos y varillos que dan forma a este territorio. Los cabezos son elevaciones de pequeño tamaño, más o menos redondeados por efecto de la erosión con una vegetación típicamente esteparia, que ha sido roturada en los varillos para la siembra de cereal. 

En los ribazos crecen principalmente sisallos -Salsola vermiculata-, ontinas -Artemisia herba-alba-, o la sosera -Atriplex halimus-. Tres gramíneas veremos en los ribazos: junto con el hopillo -Stipa parviflora- se mezcla la avena loca -Avenas sterilis- y una especie típica de estos ambientes de yesos Agropyron cristatum subsp. pectinatum, inconfundible por su inflorescencia en forma de peine.

En las orillas de los barbechos encontraremos el tallagüeso -Malcomia africana-, el matacandil -Sisymbrium irio-, yerbana que puede cubrir de amarillo amplias extensiones de terreno al igual que lo hace la corrigüela -Convolvulus lineatus-. Desde junio podemos ver unos cardos que alcanzan un gran tamaño, Onopordun corymbosum que con facilidad superan el metro y medio de altura a pesar de la dureza del terreno. Como curiosidad su nombre significa “pedo de asno” pues al comer dichos animales estos cardos les producían ventosidades. Otra gran cardo es  la Carthamus lanatus, con suerte también veremos por esta época una bella ranunculácea -Delphinium gracile-.

En mayo no es difícil el ver a los abejarucos entrando a los nidos que han excavado en los taludes del camino.  Podemos aprovechar estos altos en nuestro recorrido para localizar con la Launaea pumila, de flores amarillas y endemismo de la Península Ibérica. En las orillas de los caminos encontraremos otra especie de este género -Launaea fragilis-.

La piedra de yeso nos acompaña hasta nuestra última parada antes subir al Primoral (377 metros). Detenemos nuestro vehículo en las Portilladas, justo antes de empezar un ligero descenso. Desde nuestra anterior parada hemos recorrido  poco más de dos kilómetros, y en total desde el inicio de la marcha han sido tres kilómetros y medio.  Estamos a una altitud de 300 metros, son poco más de setenta y cinco metros de desnivel los que debemos superar hasta la cumbre del Primoral.

Tenemos que tomar dirección oeste, a nuestra izquierda en sentido al recorrido. No hay senda aparente pero una vez que superamos el primer cerro nuestro objetivo aparece a nuestra vista. Caminamos entre un matorral bajo de romero -Rosmarinus officinalis-, aliaga -Genista scorpius-, tomillo -Thymus vularis- o asnallo -Ononis tridentata-. De flor temprana las tres primeras y que deberemos esperar hasta mediados de mayo para ver florido el asnallo.

A este matorral le acompañan varias especies de Helianthemum, en abril veremos en flor H. sacilifolium y H. marifolium,  y un poco después el romerillo, -H. syriacum-, la jara de escamas -H. squamatum-, que tiene la particularidad de luchar contra la insolación gracias a unos pelos escamosos que tienen sus hojas y que le dan un aspecto ceniciento.

También encontraremos Helianthemum hirtun, como todos sus congéneres de flor amarilla, excepto Helianthemum apenninum o H. violaceum que son blancas. Tampoco es rara la Reseda stricta. Desde mediados de mayo en flor tenemos la manzanilla bastarda, -Helichrysum stoechas-, con un olor agradable.

Parecidas a los helianthemum y de la misma familia, las cistácesas, podemos ver dos Fumanas de flores amarillas: Fumana thymifolia y Fumana ericifolia. Tan humilde que casi pasa desapercibida la Herniaria fruticosa, pequeña mata leñosa pegada al suelo. Para luchar contra el excesivo calor está cubierta de pelos cortos y sus hojas son carnosas.

También la bufalaga -Thymelaea tinctoria- tiene las hojas carnosas y se ha adaptado para florecer en pleno invierno aprovechando la mayor humedad del terreno en esa época. Desde finales de abril veremos en flor el alhelí del campo -Matthiola fruticulosa- cuyos tallos también tienen una densa pilosidad blanca.

 A este matorral xerófilo se le une un endemismo de la Península Ibérica, tan típico del yeso que lo lleva hasta en el nombre (Gypso=yeso), la albada o jabonera, -Gypsophila struthium subsp. hispanica-. En flor a partir de finales de mayo. En el camino hemos dejado otras dos especies muy semejantes por su blanca floración a la anterior, el falso tomillo -Lepidium subulatum-  o el lino blanco -Linum suffruticosum-, ambos de floración más temprana y fácilmente distinguibles, el lino blanco y la jabonera tienen cinco pétalos y el falso tomillo con cuatro, como todas las crucíferas.

Estamos caminando por la zona más árida, donde tenemos a la vista la roca madre de yeso blanco. El suelo se encuentra recubierto de numerosas especies de líquenes terrícolas, muy resistentes tanto al frío del invierno como al calor extremo del verano; al igual que a la variación térmica que se produce entre la noche y el día.

Los líquenes forman una gruesa capa que protege al suelo de la erosión por lo que deberemos intentar pisarlos lo menos posible. De formas y colores diversos, si nos acercamos a ellos aparecen con unas formas sugerentes, especialmente al hidratarse con el rocío o tras la más leve lluvia.

A nuestra vista la cima del Primoral donde se hace visible el vértice geodésico y bajo él la primera de las trincheras de la guerra civil que lo rodean.  La pendiente se hace un poco más empinada y el yeso ya no aflora, nos encontramos con un suelo calizo muy erosionado, que acumula la tierra arrastrada por el agua en las zanjas de las trincheras y en los dos pequeños barrancos que parten a cada lado del Primoral.

 La vegetación cambia, aparecen las plantas efímeras, especialmente en la zona noroeste al abrigo del cierzo. Aprovechan un mejor suelo además del mayor grado de humedad que les proporcionan los pequeños desniveles del terreno. El sisallo también aparece en la parte superior del Primoral, bordeando las zanjas de las trincheras y aportando una mayor sombra a estas pequeñas plantas anuales como Lithospermum arvense, el trigo del diablo -Echinaria capitata-, Alyssum alyssoides, Geranium molle, el jacinto borde -Dipcadi serotinum-, Nonea micrantha o el pequeño ababol -Papaver hybridum- entre otras muchas.  No deberemos confundir el pequeño ababol que aquí encontramos con el que hemos visto en las orillas del camino, Papaver rhoeas, de mayor tamaño, con los pétalos recogidos en forma de copa y manchados en la base de negro.

Anteriormente ya las vimos en los ribazos de los campos, de nuevo encontramos el esparto o albardín -Lygeum spartum- y el lastón -Brachypodium retusum- refugiadas en las trincheras. Los espartales en los Monegros ocuparon unas extensiones importantes del terreno, que al roturarlos fueron sustituidos por los cereales. 

Entre el matorral que rodea al Primoral han desaparecido las especies más gipsófilas, apareciendo otras como el arto o espino negro -Rhamnus lycioides-y algunos ejemplares de coscoja -Quercus coccifera-, todas ellas de muy corta talla adaptadas a la dureza del terreno y que en tiempo pasados debieron estar más extendidas por los montes de Alfajarín. Su degradación ha dado lugar al matorral de sustitución que hemos visto en la subida.

El escobizo -Ephedra nebrodensis- aparece en la parte superior del cabezo junto con algún ejemplar de la hierba de las siete sangrías -Lithodora fruticosa-. En la ladera noroeste no nos resultará difícil por su vistosa floración blanca el encontrar la romerilla -Cistus clusii-, en flor desde el mes de mayo.

 Otra de las adaptaciones que ha sufrido este tipo de matorral, para poder sobrevivir en esta zona tan árida, ha sido la reducción de su desarrollo vegetativo. No alcanzan una talla elevada, sus hojas han disminuido su tamaño, llegando a revolver sus bordes, e incluso llegan a transformarlas en espinas. Para compensar esta perdida de superficie fotosistética sus tallos toman una coloración verde, y en caso de una prolongada sequía llegan a perder la totalidad de sus hojas. Curiosamente hay tres especies que se les llama de una forma similar, romero, romerilla y romerillo, y las tres tienen en común lo parecido de sus reducidas hojas, pequeñas y alargadas.

Llegamos a la parte más alta del cabezo del Primoral, zona que la ocupa un vértice geodésico. Alrededor de la estructura de hormigón podemos encontrar una crucífera -Sisymbrium runcinatum- que se ha alejado de las acogedoras trincheras. Tal vez buscando un suelo nitrificado por las aves que se posan en la base del vértice, al igual que lo hace la -Adonis microcarpa- pero ésta ha encontrado refugio en la sombra de los sisallos.  También podemos ver la oruga -Eruca vesicaria-, la zamarrila lanuda -Teucrium gnaphalodes-, la gualdilla -Reseda phyteuma-, la Silene nocturna que abre sus flores por la noche, el gamoncillo -Asphodelus fistulosus- o el engañalabrador -Plantago albicans-, entre otras varias.

Nos encontramos en un punto con una buena panorámica de los montes de Alfajarín, un paisaje tan original como particular. Da igual que dirijamos nuestra mirada al norte o al sur, al este o al oeste, únicamente vemos en las 12.195 hectáreas del monte de Alfajarín es una interminable repetición de cabezos que se van sucediendo sin fin.

Suaves cabezos de color blanco que tienen como sustrato principal el yeso. Este paisaje se formó en épocas recientes, geológicamente hablando, a finales del Terciario cuando las aguas que lo cubrían dejaron de tener salida al mar.  Al evaporarse lentamente, acumularon sus sales en el fondo del lecho marino junto con los materiales que arrastraban los ríos procedentes de la erosión de las montañas. El tiempo, agua y cierzo acabaron de dar forma a este paisaje monegrino.

Al noreste tenemos la máxima altura del monte de Alfajarín, (Suela Alta 478) y al fondo vemos la Sierra de Alcubierre, que tiene su máxima altitud en Monte Oscuro y San Caprasio (811 metros).  A nuestra espalda quedan los cabezos más áridos, y que van descendiendo suavemente hasta la vega del Ebro. 

Nos podemos preguntar ¿fue así siempre el paisaje monegrino?  Estudios recientes consideran que los Monegros siempre han estado desde el Terciario con un aspecto muy semejante al actual. El sabinar se encontraría en los enclaves más continentales con inversión térmica, sin alcanzar la densidad que comúnmente se señala en los Monegros. Por tanto, esta llanura de los montes de Alfajarín tendría las mismas o similares especies que podemos encontrar hoy en día. El matorral de coscoja y demás especies asociadas ocuparían una mayor extensión que en la actualidad con un  desarrollo vegetativo superior al que presentan hoy en día.

Debemos continuar con nuestro camino, una buena opción es descender del Primoral  por su ladera norte, justo bajo el búnker, para encaminarnos hacia los muy escasos ejemplares, casi rastreros de sabina negra -Juniperus phoenicea-. No es rara la uña de gato -Sedum sediforme- que como todas las crasuláceas está perfectamente adaptada a la falta de agua gracias a sus hojas crasas donde la almacena. Algunos restos de capitana -Salsola kali- se han detenido entre las aliagas y romeros, seguro que han venido rodando impulsadas por el viento desde algún campo próximo, a finales de junio crecerán en los barbechos y hasta que no se coseche la mies no serán visibles en los sembrados.

Llamativas son las flores amarillas de la candelera (sus hojas se utilizaban como mechas de los candiles) -Phlomis lychnitis-, o las de un pequeño geranio que no le hace asco a los yesos -Erodium cicutarium-. Si miramos con curiosidad entre los romeros nos llevaremos alguna sorpresa como la de encontrar alguna orquídea como el espejo de Venus -Ophrys ciliata. Esta orquídea crece al abrigo que le proporciona el matorral protegiéndose de las aviesas intenciones de alguna oveja.

A media ladera podemos ir directamente hacia donde hemos dejado nuestro coche, caminamos entre romeros, romerillas o manzanillas bastardas, en flor junto con el tomillo. Con su olor atraen a los insectos para así polinizarse y a la vez intentan rechazar a los herbívoros.  La estepa se perfuma, especialmente al atardecer, pero no podemos descuidarnos, con simplemente rozar a la ruda -Ruta angustifolia- su fuerte y, para algunos, desagradable olor nos impregnará y acompañará durante el resto del día.

Llegados de nuevo a las Portilladas el recorrido finaliza por hoy. Frente a nosotros queda el resto del monte de Alfajarín invitándonos  que lo recorramos, mejor si lo dejamos para otro día aunque si damos unos pasos todavía podemos ver hoy en el terreno más húmedo del pequeño barrando que sale a la izquierda otras curiosas especies. Dos barbas cabrunas, Tragopogon porrifolius y Tragopogon dubius, esta última también la podemos encontrar en el Barranco de la Virgen y la Sideritis fruticulosa, junto a un hopo, Orobanche mutelii, que parasita a varias especies como la ontina.

Hoy hemos atravesado en este viaje un paraje único,  una pequeña zona de los Monegros y sus estepas. Las estepas están representadas en los cinco continentes, ocupando regiones interiores de influencia marina.  En Aragón seguramente son el paisaje más antiguo de la región, y también el más vulnerable, que encierra la mayor biodiversidad de especies de todos los ecosistemas presentes en Aragón.  Tanto flora como fauna han sabido adaptarse a las duras condiciones de las estepas monegrinas, clima extremo y suelos pobres; al igual que lo ha hecho el hombre, quien vive en este territorio desde tiempo inmemorial adoptando un tipo de vida muy austera.

 Mayo, 2010.  Manuel Bernal

Si deseas conocer mejor la biodiversidad de los Monegros te recomiendo la página web de Javier Blasco Zumeta.

Flora del Primoral


Listado Flora Primoral 2010